Esta sal se extrae de la mina de Khewra, en Pakistán, al pie de la cordillera del Himalaya, y su color rosado se debe a pequeñas trazas de minerales como hierro, potasio y magnesio que quedaron atrapadas en el cristal a lo largo de millones de años. A diferencia de la sal refinada, prácticamente no pasa por procesos industriales, lo que le da ese grano más grueso y su textura característica.
Va bien en:
- Adobos para pescados y carnes.
- Sopas y caldos, donde su grano se disuelve poco a poco.
- Asados, para un toque final antes de servir.
Un dato importante: aunque su fama la pinta como “más sana” que la sal común, su contenido de sodio es prácticamente el mismo. Por eso, como con cualquier sal, la recomendación general es no superar los 5 gramos diarios (aprox. una cucharadita de café).








